Portero y vasco

expresión en las décadas de los setenta y los ochenta, cuando la gran mayoría de los equipos de primera división contaban con, al menos, un portero de origen vasco en su plantilla. Bajo la mítica silueta de José Ángel Iribar, tal vez el origen de la leyenda, se forjaron porteros de referencia mundial como Luis Miguel Arconada o Andoni Zubizarreta. Y a la sombra de estos, crecieron un sinfín de sobresalientes arqueros curtidos en las categorías inferiores de los clubes vascos que pronto irían encontrando acomodo en equipos de primer nivel por todo lo ancho de la geografía nacional.
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Nadie supo explicar nunca muy bien los motivos reales de aquel auge. Es difícil sacar conclusiones sobre el porqué confluyeron en un espacio tan relativamente pequeño tantos buenos porteros en tan poco tiempo. Muchos apuntan al camino trazado por Iribar guardando las redes del Athletic en los años sesenta y setenta. El Chopo negó su sitio a decenas de buenos porteros porque su papel fue incuestionable durante casi dos décadas. Pero no todo repercutió negativamente en la cantera de porteros vasca. Siguiendo la estela de su éxito, muchos chavales quisieron emular a su ídolo enfundándose los guantes desde bien pequeños. Ser portero ya no era un suplicio, ni mucho menos un ‘castigo’ reservado a aquellos menos hábiles con la pelota entre los pies. Había a quien parecerse. Con todo, Iribar propició el nacimiento y sano crecimiento de muchos porteros… pero también obligó, con su indiscutible titularidad durante dos décadas en la portería de San Mamés, a cambiar el rumbo de un buen número de carreras profesionales bajo palos.
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Hay quien apunta, además de la indiscutible presencia del Chopo como referente absoluto, a las peculiaridades del fútbol base vasco. A los numerosos torneos de fútbol que se repartían (y aún reparten) por las playas de todo el litoral de Euskadi y a unos campos, casi siempre de césped, que amortiguaban las caídas de los jóvenes aprendices de portero sobre suaves y cómodos lechos de barro. Conocida es la advertencia de Javier Clemente a sus pupilos durante un entrenamiento en Lezama: “¡quien no acabe el entrenamiento completamente cubierto de barro, no es portero!”. Quizá esa circunstancia, que al mismo tiempo tal vez incidiese negativamente en el nivel técnico de futbolistas de mediocampo o de ataque, propició que el joven portero vasco aún en formación perdiese el miedo a hacerse daño tras un vuelo. No es lo mismo aterrizar sobre barro o arena de playa que hacerlo sobre una dura y compacta superficie de albero. Conozco pocos niños vascos que no hayan ensayado una “palomita” sobre la arena de la playa. Además, la inevitable irregularidad de esos terrenos de juego y el imprevisible bote que estos procuraban sobre el balón ayudaba a potenciar los reflejos de los porteros en formación. Muchos de ellos acabaron enganchados a la profesión a base de jugar y divertirse sobre una superficie muy propicia para el desarrollo de la posición.
Entra en juego también otra circunstancia de carácter más antropológico. El portero vasco ha estado tradicionalmente marcado por un carácter sobrio. Poco dado a la concesión estética, pero muy práctico y muy fiel a los cánones tradicionales que siempre han regido la custodia de una portería de fútbol. También ha sido siempre un portero honesto y trabajador. Acostumbrado a cultivar sus dotes con fuertes sesiones de entrenamiento y sin rehuir jamás su responsabilidad consigo mismo y con el colectivo al que representaba. Al más puro estilo del trabajador de una acería o de cualquier factoría vasca.
No me atrevo a pontificar ni a establecer una razón inequívoca sobre el éxito reconocido de los porteros vascos, ese mismo que hoy recae fundamentalmente sobre la aún joven espalda de Kepa. Quiero pensar que todo surge de una serie de condicionantes que, por una u otra razón, han confluido en la región vasca. Que la presencia de numerosos porteros del más alto nivel ha propiciado el nacimiento y formación de sus sucesores en una cadena continuada y en la que todos los eslabones han ejercido su función de conexión y transmisión. Que la estirpe legendaria no tiene un porqué ni una explicación razonable. Que todo se trata de una simple cuestión de tradición y respeto. Y quizá sea mejor así.