Nunca pasa nada

En el Athletic nunca pasa nada. Tan sólidos son los cimientos del club que cualquier terremoto, por alta magnitud que tenga, apenas se percibe como un leve y prácticamente imperceptible meneo sin importancia. De un tiempo a esta parte, las derrotas pasan, las vergüenzas se olvidan y los ridículos se disimulan tras un pesado cortinaje de terciopelo rojo con la leyenda ‘Beti zurekin’ (siempre contigo) grabada con letras doradas en grafía vasca. Nada trasciende. Todo fluye, aceitoso y sereno, porque, supuestamente, somos diferentes. Y como somos diferentes, tragamos con lo que nos echen, aunque sea intragable y nos provoque unos ardores insufribles. Ocurre que en un club tan peculiar como el bilbaino, y permítanme la licencia lingüística del diptongo, la masa que fortalece la cimentación del mismo es esencialmente emocional. Y a nadie le gusta ir contra sus propios sentimientos, porque se entiende que sería como una especie de traición a uno mismo y sus más elementales principios. En Bilbao, ser crítico con el Athletic es una maniobra de alto riesgo. Al Athletic se le trata como a un hijo malcriado y consentido al que se le permite todo y al que nunca se le reprende, no vaya a ser que se traumatice o que alguien nos acuse de ‘no querer’ y no tratar con el debido cariño a nuestro equipo del alma. Todos los artículos de fútbol camiseta,buzos, zapatillas y botas, sudaderas y mucho más
Tal vez por ese motivo, el Athletic es un sitio cómodo en el que vivir y perpetuarse. Dentro de la extenuante vorágine que mueve al fútbol moderno y en la que hasta su más nimio y anónimo representante recibe las furiosas embestidas de un mar siempre embravecido, el club de Ibaigane se presente como un hábitat dulce y amable, casi ajeno al mundo en el que se desenvuelve. Una especie de microclima extremadamente benigno y propicio para entregarse a los placeres de la profesión. Grandes comidas, reconocimiento público, viajes, recepciones oficiales y el orgullo de representar a todo un pueblo, tan ingenuo y entregado como muy atinadamente percibió Marcelo Bielsa, y todo a cambio de una responsabilidad ridícula, casi inexistente. Es muy poco habitual que en un club de fútbol profesional alguien asuma sus propios errores. Se entiende, en parte, porque con un puesto de trabajo tan goloso es mucho lo que está en juego. Cuando se trata del Athletic, esa probabilidad se reduce hasta extremos intolerables. Nadie responde de nada y nadie da ninguna explicación de nada más allá de las sobeteadas frases hechas que apelan a la continuidad en el trabajo diario y a erguir la cabeza en los malos momentos.
Camisetas y equipaciones de la La Ligue 1 francesa: Paris Saint Germain, AS Mónaco, Marseille.
El club bilbaino sufre un problema de fondo que parte desde su mismísima base. No sabemos si queremos que sea una cuestión sentimental, empresarial o meramente deportiva. En otros clubes, sin embargo, lo tienen mucho más claro. Tienen algo de camino ganado con respecto a nosotros, que tenemos un miedo atroz a cuestionar a la cabeza del club porque alguien ha extendido la teoría de que supondría tirar piedras contra nuestro propio tejado. Es el problema de proporcionar esa pátina sentimentaloide al asunto. El Athletic vive instalado en una endogamia tan turbia y perniciosa para la entidad que es difícil prever las consecuencias de los desatinos continuados que se derivan de ella. Es una suerte de autarquía futbolística, desencandenada a partir de una sesgada e interesada visión de su política de fichajes. En el Athletic se vive cómodo y chupando de la teta de la gran vaca, rodeándose de gente que no cuestione, que deba favores y que no menee ningún sillón. Por eso, es obligación de sus socios y aficionados, de aquellos que lo queremos, que nos rascamos el bolsillo por él, que lo transmitimos a nuestra descendencia como una cuestión familiar y, sobre todo, que no vivimos de lo que el club genera a su alrededor ni nos ganamos la vida con él, luchar contra ese ensimismamiento que impera en un club que representa muchas cosas más que las insustancialidades en las que muchos fundamentan su imperturbable fidelidad al movimiento. Asumir responsabilidades, siempre con cabeza y sensatez, sobre aquello que deportivamente más queremos y respetamos, es lo que realmente nos haría diferentes. Y no significará que no queramos a nuestro equipo. Más bien todo lo contrario.
[FOTO: El Correo]